
Silvia Tubert es Doctora en Psicología y psicoanalista y, dada su especialidad, ha centrado su exposición en el punto de vista psicoanalítico sobre cuestiones de género y representación en el ciberespacio, concebida como una extensión de la visión que tiene el psicoanálisis, con las debidas adaptaciones y diferencias que supone el medio. Pero, a fin de cuentas, si el psicoanálisis busca la huella del inconsciente en todas las manifestaciones y producciones del ser humano, eso es trasladable al tema que nos ocupa. De igual modo, comparte las mismas problemáticas o conoce los mismos límites: no es posible la interpretación sin la colaboración del sujeto en cuestión.
Así pues, Silvia nos habla del pensamiento deconstructivista de Freud, donde la feminidad y la masculinidad no son puntos de llegada, sino de partida. Donde la homosexualidad y la heterosexualidad no son dadas al nacer, sino que suponen una selección realizada por el sujeto, más allá de la necesidad. La sexualidad se interpreta, en este contexto, como la búsqueda de placeres corporales más allá de la genitalidad. En la infancia libidizamos tanto a hombres como a mujeres pero, a partir de cierto momento, predomina una de las dos en nuestras preferencias. Aunque es cierto que algunas personas mantienen esta dualidad durante toda su vida, por lo general la no seleccionada es reprimida. Esa parte reprimida suele aparecer de diversas formas en el transcurso de nuestra vida, bien en forma de sueños o manifestaciones artísticas… etc.
Contrucciones teóricas de contenido incierto
La masculinidad y feminidad tienen que ver con los discursos sociales, Silvia propone dejar abiertas estas categorías porque, en cuanto le damos un contenido, lo convertimos en una categoría abstracta, dentro del terreno de lo imaginario. Por ejemplo, existe un consenso generalizado en considerar la “actividad” como un valor masculino y en pensar “pasividad” como algo propio de lo femenino. Sin embargo, la dimensión materna de la feminidad requiere de mucha actividad, algo que choca con la aceptación de que la pasividad es algo propio de la mujer. La posición de pasividad muchas veces es forzada, obligada. De igual modo, también hay hombres muy pasivos. Son las normas sociales las que dictan nuestra conducta. Aquello que no corresponda al estereotipo, va a quedar irremisiblemente marginado de la norma.
Las identidades en torno al género no son más que el conjunto de comportamientos que la sociedad espera que asumas en función de la identidad asignada. El problema surge cuando a pesar de la asignación, la elección del sujeto difiere de lo esperado. Pero su identidad, la idea de “yo soy yo” no es menor que la de quien se encuentra dentro de los patrones establecidos. Tubert defiende que cada persona pueda articularse de manera singular.
Cómo se articula el deseo inconsciente en el espacio virtual
Para conocer qué efectos performativos tiene la interación de un sujeto en la red, tendríamos que contar con su testimonio, con sus vivencias y deseos. De la misma manera, la participación de cada persona también varía en función de sus usos: búsqueda de información, proporcionar información, establecer contactos o incluso cometer delitos. Pero parece claro que se puede considerar el espacio virtual como un espacio transicional, que el sujeto ve como algo propio, al que califica como real en mayor o menor medida. El ciberespacio es una dimensión lúdica, donde se habitan espacios de libertad. Lugares donde se permite el juego, la práctica y el ensayo, pero susceptibles de perder esa condición para adquirir la de sustitutos del objeto deseado, donde es fácil que nos creamos nuestro “yo ideal”.
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